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De barcos, viejos piratas y sirenas amantes

Relatos | Más de 4 años
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Simplemente apareció.
Como aparece el sol por la mañana o como la luna al caer el sol.
Estaba atareado con la botavara, adujando la mayor después de una buena jornada de navegación.
Mi radar personal me dio el alerta. Ese radar que nunca falla y que a veces nos hace meter en problemas cuando acompañamos a alguna dama y otra se cruza a nuestro paso.
Levanté la vista y vi su silueta recortada en el sol poniente. No alcancé a verle la cara, solo su contorno. Pero el radar nunca se equivocaba, era como el de la barca, preciso y seguro, debía hacer caso a su llamado.


De barcos, viejos piratas y sirenas amantes


Presto descendí a la marina flotante con un trozo de cabo que había en el cockpit y con paso seguro como si tuviera que solucionar solo los problemas del mundo, me dirigí hacia ella.
Poco a poco y al salir del trasluz del sol comencé a divisar sus rasgos. Nada en particular a simple vista. Jeans azules, blusa blanca, zapatillas náuticas.
Se van a reír de mí por ese detalle, pero nadie puede subir a una embarcación de paseo si no es con calzado apropiado para no rayar la cubierta.
Evidentemente era nauta o entendía de la cosa. Seguí caminando por el espigón rumbo a esa silueta. Mi radar era preciso y sin dudas me llevaba con rumbo “ella”.
A mas proximidad, mas detalles. Cabello obscuro ondulado, amo el cabello ondulado, los bucles y sus ascendientes. Un botón de mas desprendido en el escote.
Y ante la proximidad levantó la vista hacia mí y en ese momento vi el mar nuevamente frente a mis ojos y me hundí en ese mismo instante. Mi voluntad zozobró en el claro y transparente mar de sus ojos.
Avezado pirata no solo de tormentas y millas náuticas y sin detectar otra presencia humana a varios metros a la distancia, llamese pareja, hijo o amigo, enfilé hacia ella definitivamente.
Enarbolé mi mejor sonrisa y la salude con un – Hola, te interesa la náutica?
Una sonrisa de blancas perlas se abrió frente a mí. – Si, me gusta.
No podía sacar mi mirada de esos ojos celestes que resultaban mas atrapantes que el mismísimo mar.
Mi radar calculó unos 27, 20 mas que los que yo portaba en ese momento, pero los piratas no reparamos en parámetros que harían a un ser normal sonrojarse.
Soy Roberto, dije extendiendo la mano.
Soy Verónica me dijo y me ofreció su mejilla.
Me acerqué y por esas viejas costumbres de amantes permanentes, mi mano derecha subió hasta su nuca, tomando, acariciando, tocando levemente la mejilla y el ensortijado cabello. Y arrimé mi cara y al acercarme sentí el embeleso de la fragancia de la piel joven, del terreno semi virgen propicio para ser conquistado.
Aún tenía el trozo de cabo en la mano y es en estas situaciones en las cuales agradezco a mis profesores de náutica el haberme exigido hacer una y mil veces todos y cada uno de los nudos marineros existentes.
Rapidamente mis dedos trenzaron ese pedazo de cáñamo y por obra y gracia de los dioses esa soga se transformó en una flor que le ofrecí a Verónica.
Otro regalo del cielo, su mirada, su sonrisa y su, gracias acompañado de un aleteo de suaves mariposas de sus labios en mis mejillas.
Estuve mirando como trabajabas en tu barco, dijo mirando la barca. Es un lindo velero, me lo podes mostrar?
Los vientos me eran propicios, la sirena venía hacia mi red de pescador si haberle puesto carnada.


De barcos, viejos piratas y sirenas amantes


No hizo falta ayudarla a subir a bordo, se notaba que era ducha en manejarse con embarcaciones.
Fui explicando todos y cada uno de los detalles de la cubierta de mi nave, tratando de hacer notar todo aquello que fuera importante para la navegación a vela, que era en realidad el tema mas atrapante.
Hablamos de las jarcias, de las velas, de las drizas, motones y demás y también le expliqué que tenía un pequeño motor por dentro para poder salir y entrar a puerto, que la mayoría de las veces y por ir en contra de los reglamentos del club lo hacía a vela. También le dije que a partir de ayer esto no lo podría hacer mas, ya que en la amarra de al lado, a sotavento me habían colocado un bruto crucero de 54 pies que hacía muy difícil la maniobra de atracar a vela.
Me sonrió y me dijo si le podía mostrar el motor y el interior del barco.
Nuevamente mi recuerdo a los viejos maestros de la náutica que decían que el motor siempre debía de estar impecable de gasoil y de grasas y que el interior de un barco en perfecto orden reflejaba el espíritu marinero.
Vero, ya me había pedido que la llamara así, se sorprendió de mi orden y me sorprendió a mí elogiando el… motor. Aunque es poco creíble ella era técnico mecánico egresada del Huergo.


De barcos, viejos piratas y sirenas amantes


La invité a ponerse cómoda y a tomar algo fresco, aunque no hacía calor, el viento del atardecer había amainado y estaba pesado.
Ya un poco mas distendido y con el radar en calma, empecé a recorrerla un poco en detalle.
Calculé unos 1,70 con buenas caderas, cintura acorde y pechos prominentes, el botón desabrochado de mas, me dejó ver un panorama muy interesante.
Habría pasado una hora desde que nos “conocimos” y ya el sol se despedía con sus últimos rayos. La tarde noche caía sobre la marina. Yo no tenía apuro, Vero tampoco.
Por supuesto que caímos en las obvias preguntas de pareja, yo con tres hijos, divorciado y ella olvidando un “patán” con Harley y BMW.
Y la tarde se hizo noche y la noche se hizo cena y la cena acompañó un Tanat reservado comprado en Punta del Este con la última regata de Buquebus.


De barcos, viejos piratas y sirenas amantes


De barcos, viejos piratas y sirenas amantes


Y el Tanat equilibró nuestras desigualdades y mi mano acarició su mejilla y la suya se posó en mi muslo y los dedos bajaron a sus pechos y las mariposas de sus labios buscaron los míos.
Y la barca se transformó en la cuna del amor. El suave movimiento del agua nos arrullaba mientras yo con dedos temblorosos desabrochaba la última frontera de botones que quedaban, para poder lanzarme de lleno a la conquista de su territorio.
Y ella hizo lo propio con mi camisa y yo con su jean y ella con mis nauticos y yo con su tanga y ella con mis boxer y nos fundimos en un abrazo tan sublime como hacía mucho no sentía.
La recorría toda como ciego guardando recuerdos. Mis dedos iban de su ensortijado cabello hasta las suaves y exquisitas nalgas, desde los turgentes pechos de erectos y rosados pezones hasta el insondable hueco de su espalda, desde la punta de los dedos de sus pequeños pies hasta hundirlos en la tibia fuente oculta entre sus juveniles muslos.
Y Verónica hizo mas, recorrió con la lengua todos y cada uno de los centímetros de mi piel, lamió, mordisqueó, pellizcó, chupó.
Y cuando estuvimos preparados nos entrelazamos en un 69 que nada tenía que envidiarle a los del kamasutra.


De barcos, viejos piratas y sirenas amantes


Yo abajo dejé que sus jugos chorrearan por los labios, por el cuello, por mi garganta.
Ella arriba entrelazó mi pene con la lengua en una danza que jamás había sentido.
Y así sin proponerlo llegamos los dos al orgasmo, juntos, a la vez, en ese momento mágico de micro segundos donde se pierde la conciencia y uno se eleva al éter y ve la muerte y ve la resurrección.
Y los dos bebimos el elixir del otro, sin derramar ni una gota.
Y los dos sentimos la profundidad del amor, donde el sexo ya no tiene lugar porque es desplazado por ese sentimiento que se apodera de los cuerpos y los eleva magníficamente a los cielos.
Y nos acurrucamos uno con el otro, acariciando, sintiendo nuestros cuerpos que volvían a ser materiales luego de haber sido etéreos.
Y nos besamos mezclando nuestras esencias aún presentes en la boca.
Y nos miramos y caí en la cuenta que acababa de encontrar mi primer sirena y no precisamente en la mar, sino en tierra.
Y volví a perderme en el mar azul profundo de sus ojos.
Y le hice el amor una, tres, cinco veces, no lo se, no lo recuerdo.
Y dormimos abrazados, entrelazados, respirando cada uno los suspiros del otro.
Y amaneció en la marina y me desperté con un fuerte olor a café y la vi desnuda por última vez.
Me ofreció mi café, se vistió, me beso con un beso dulce y prolongado, me acarició la mejilla y me dijo adiós.
Bajó a la marina mientras la miraba con el café en mi mano, pero en lugar de irse al club salió para el otro lado y subió al “bruto crucero de 54 pies”, salí al cockpit asombrado, mire hacia arriba y Vero desde la cubierta del monstruo, saludando con la mano me dijo
- Es de mi Papá.


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