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Colonia del Sacramento, un viaje de ida

Relatos | Más de 4 años
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Levanté el teléfono, la voz de Jorge sonó del otro lado.
Roberto, vas a navegar el fin de semana, necesitas tripu?
Si, contesté. En realidad no tenía pensado salir, pero el Lunes era feriado y el pronóstico pintaba de lo mejor. Noviembre no es el mejor mes para salir, pero Jorge acababa de dejar a su peor es nada y sacarlo a navegar podía hacerle bien de mente y de físico.
Preparate, nos vamos a Colonia, vamos a cruzar el charco a comer chivitos, tomar Pilsen y unos wiskardos y si los dioses quieren conocer alguna hermanita uruguaya.
Buenísimo contestó Jorge con voz alegre. Cuando zarpamos, que compro, que llevo…
Para dije, hoy es Martes, que tal el Viernes tipo 12 en el club, llegas y zarpamos. Yo me encargo de las compras por la mañana, no voy a trabajar y me dedico a eso, el combustible y el hielo, despreocupate.
Okay Robert, yo pido permiso para salir antes de la oficina asi estoy temprano por allá.
Bárbaro, no te olvides del documento que tenemos que hacer el despacho en Prefectura.
Abrazo loco, me dijo y cortó.
Buen tipo Jorge, solo que se había equivocado de mina, Marta no era para él. Ella era lo que llamaríamos ahora una…”botinera”, una mina sin escrúpulos que le atraía mas la guita que el dulce de leche. Se topo con él, un oficinista con autito 0 kilómetros, un departamento de dos ambientes y unos pesos en la billetera para gastar a fin de mes. Y lo uso mal, a él, al depto, al auto y a los pocos mangos que Jorge tenía ahorrados. Cuando se dio cuenta hasta el portero le había prestado plata. Y la mandó a la mierda y con razón. En realidad la rajó cuando la vió, de casualidad, del brazo de otro tipo paseando por la Plaza de Devoto.
De lo bien que hizo, pero ahora había que ayudar al amigo desilusionado a volver a creer en el beneficio de seguir saliendo con mujeres y en los dolorosos inconvenientes de hacerse puto.
El barco estaba en condiciones, como siempre a son de mar como corresponde a un buen patrón. Solo un bidón de 20 litros de gasoil para reforzar.
Yo hacía ocho meses había terminado mi segundo matrimonio y también necesitaba escaparme a la vecina orilla a respirar aire oriental.
Nada de Riachuelo, ni la Barra, ni Palmira, Colonia, la vieja y querida Colonia.
Colonia del Sacramento, la meta de todo timonel al finalizar el curso. Navegar y llegar a su puerto fue y será un ícono para el navegante del Río de la Plata. Para mi una de las ciudades que mas me gustan y mas quiero por estas latitudes.
El Miércoles revisé el pronóstico, como siempre el puto viento nos iba a dar de jeta, no importaba, mas gasoil y listo.
El Viernes me levántela alba, me fui para el super e hice las compras pertinentes, sin olvidar un Gancia y un juancito caminador, ambos combustibles para el físico.
De allí a la YPF a comprar hielo y gasoil, combustibles para la heladera y la barca respectivamente.
Llegué al club temprano el sol ya pegaba con cierta fuerza. El “Como vos” me esperaba ansioso, lo sentía, lo veía moverse inquieto en la amarra con ganas de librarse de la cárcel de los cabos que lo retenían a tierra.
Quizás al lector de esta historia le parezca extraño el nombre, pero en mi primer divorcio hube de vender la barca que tenía. Ya repuesto económicamente compre el Holland 26 y le puse ese nombre porque si alguna niña me preguntaba como se llamaba la barca, yo respondía, como vos y seguramente me hacía acreedor a algún beso de más.
Mañas de viejo pirata de 40 años.
A las doce puntualmente llego mi amigo con su bolso y dos Chandón que le habían regalado en el Abasto con las compras de navidad, por toda la plata que había gastado en Marta.
No vamos a abundar en detalles, me fui hasta la Prefectura, hice el despacho y a la una en punto soltamos amarras.




Colonia del Sacramento, un viaje de ida



El viento había rotado un poco asi que icé la mayor y salimos al río. Puse rumbo al pilote 8 mientras Jorgito ya estaba preparando el almuerzo, gran picada gran según sus propias palabras con un Gancia de aperitivo.
Cruzamos el Canal Mitre sin problemas, pocos barcos para un finde largo, se veían algunas velas que venían de La Plata y Quilmes a pasar el canal.
Armé todo para dejar las islas San Gabriel y Farallón por babor, Jorge navegaba pero no era muy experto y en caso de necesidad esa ruta era la mas tranquila.
A las seis ya se veían los edificios de la querida ciudad oriental, el Bastión, el Faro viejo y la escollera del Puerto Deportivo.
Hicimos rumbo a la baliza Santa Rita y para mi agradable sorpresa había bastantes amarras desocupadas sobre el muelle de hormigón. Tomamos amarra por proa, con una destacada actuación de mi amigo en impecable maniobra.
Una vez que hubimos arranchado todo, colocando todos los cabos necesarios por seguridad, nos servimos un juancito caminador on the Rocks para brindar por nuestro viaje. Eran las siete de la tarde y ya el sol caía sobre la ciudad. Bajamos a dar nuestra entrada en la Prefectura Uruguaya. Nos pegamos una ducha en los baños del Puerto de Yates y nos fuimos a disfrutar de la noche de Colonia.
Subimos por Del Comercio hasta General Flores, donde Jorge compró cigarrillos. Seguimos por esa hasta la esquina de la Plaza Mayor, en la esquina de Misión de los Tapes hasta el viejo restaurante Pulpería de los Faroles abierta hacía unos años atrás.
Estabamos frescos como unas lechugas, la navegación había sido excelente y el timón automático había cumplido con su tarea al pie de la letra, con lo cuál nos encontrabamos descansados.


Colonia del Sacramento, un viaje de ida



La noche se presentaba hermosa, una muy suave brisa acariciaba las palmeras de la Plaza Mayor pero sin molestar. Decidimos comer afuera.
Colonia es hermosa a cualquier hora, pero por la noche sus faroles antiguos de luz amarillenta, las calles empedradas y la edificación portuguesa le dan un estilo muy particular, como de cuento de hadas, de ensueño.
Y fue de ensueño lo que vi frente a mí, la camarera mas hermosa que nunca ví en todo el Uruguay.
Una sonrisa de blancos dientes, unos ojos color miel rasgados, un cabello negro azabache y una piel aceitunada. Todo indicaba una bella ejemplar de la sangre charrúa.
Inmediatamente me vino a la mente esa vieja canción que decía …”india bella mezcla de diosa y pantera”…
Era tal cuál la canción pero uruguaya.
Pedimos nuestros chivitos al plato y Rosina, que así se llamaba la niña, nos ofreció una jarra del famoso medio y medio.
Entre platos y jarras, idas y venidas nos pusimos a conversar. Ella 27 años oriunda de Carmelo pero viviendo en Colonia por su trabajo. Su hermana 25 empleada de la casa Musto de artículos náuticos. Había números que a mí me cerraban, Jorge con 35 podía ser el candidato para Gabriela.
Después del café nos pedimos unos whiskys y ahí nomás puse proa a su playa.
Me comentó que en una hora más dejaba su turno en el restó y que su hermana la esperaba en una pequeña habitación que alquilaban sobre la Avenida Flores.
Ni lerdo ni perezoso las invité a conocer el barco y tomar algo allí mismo.
Como no tenían teléfono, debía pasar por el hotel a avisarle a su hermana. Y así se hizo. Esperamos hasta el cierre y la acompañamos. Esperamos en la calle mientras Jorge me decía que si a él no le gustaba la mano, ya que por edad le tocaba la mas peque, se pudría todo. El recuerdo de Marta lo estaba avanzando de nuevo.
A poco aparecieron y cuál no fue la sorpresa, Gabriela era infinitamente mas bella que Rosina. Ojos mas obscuros piel mas aceitunada pechos turgentes, realmente una diosa.
Presentaciones, besos de mejilla y un vamos y salimos a caminar la ciudad.
Viernes, una de la mañana, Colonia ya dormía. No había muchos barcos en el puerto por lo que los bares y restós ya habían cerrado sus puertas esperando la llegada de los mas al día siguiente.


Colonia del Sacramento, un viaje de ida



Como buen Capitán ofrecí nuevamente la embarcación como lugar de charla. Y hacia el puerto fuimos.
Tampoco quiero abundar en detalles nimios. Las dos hermanitas con sendas minifaldas de jean, sandalias veraniegas y chombas de generosos escotes. Nada apropiado para subir por la proa a la barca, pensé, pero ya veríamos como arreglar este tema.
Nos fuimos conversando los cuatro, contando algo de nosotros mismos y preguntando hasta donde el pundonor lo permitía.
En una esquina Rosina se tomó de mi brazo y preguntó como se llamaba el barco. Como vos le contesté, sonrió y me besó en la mejilla sonriendo. (les avisé que servía para eso el nombre).
Finalmente llegamos a la proa de la barca. Sugerí que se sacaran las sandalias para no patinar en cubierta y hacer más fácil la maniobra. Jorge subió a bordo y yo ayudé primero a Gabriela a subir y luego a Rosina, a la cuál tuve que “ayudar” un poco con las manos empujando su trasero para que terminara de subir.
Una vez a bordo fuimos al cockpit, encendí unas luces y Jorge raudo se aprestó a hacer café y servir unos tragos. Las niñas prefirieron el Gancia ya que en Uruguay no abunda y es caro.
Charla va, café viene, descorchamos una botellita de Chandón para brindar por el milagroso encuentro. Música suave, mis manos en tu cintura, mis dedos en tu muslo, mi mano rozando un seno y el beso oportuno para cerrar el abrazo. Me concentré en lo mío. La lengua traviesa recorrió todas y cada una de las perlitas inmaculadas, las lenguas se entrelazaron, los dientes mordieron y los labios húmedos de saliva, se dejaron morder. Miradas momentáneamente enamoradas de destellos varios como prolegómeno de la tormenta de lujuria que se avecinaba. Y manos que subieron por los muslos acariciando esa suave piel morena y dedos que se aventuraban hacia los abismos insondables de su femineidad. Y una mano bajo la chomba y un par de dedos venciendo la frontera del corpiño, llegando al pezón erecto, duro y pellizcando suavemente entre el pulgar y el índice mientras escuchaba salir de su boca un ahhhh de placer.
La noche nos regalaba su mar de estrellas en el cielo y la luna iluminaba sombreadamente cada escena que se montaba en el escenario náutico de nuestro placer.


Colonia del Sacramento, un viaje de ida




Tomé a Rosina de la mano y la invité a ir adentro, ya estaba refrescando y el rocío cayendo.
Jorge y Gabriela hacía rato habían entrado y se habían ido al camarote de proa, el mas amplio, ese era mi amigo…
Una vez adentro la abracé y la bese como si fuera la despedida de un navegante que va a dar la vuelta al mundo en solitario. Ella me acariciaba, me apretaba para sí y se movía con un movimiento lento de caderas refregando su sexo con mi pija.
Le subí la mini y me posesioné de su cola, la apretaba y la amasaba con la palma de las manos y los dedos. Y la mano rodeó la cintura y le pidió a sésamo que se abriera. Y sésamo se abrió. Y la humedad brotó de su interior como una cascada y me mojó la mano y empezó a correr por sus piernas.
La mano de Rosina buscó mi erección y también la encontró fuerte, cuál ariete esperando adentrarse derribando las puertas húmedas de su castillo.
Le saqué la chomba y el corpiño, todo en un solo movimiento, no quería esperar mas para besar la turgencia de sus pechos. Maravilloso escenario frente a mí, unas tetas hermosas, no demasiado grandes con dos pezones perfectos enmarcados por una obscura areola.
Los agarré y empecé a pasar la lengua por cada uno, jugueteando y lamiendo y mordiendo mientras escuchaba una mezcla de rumor de olas y suspiros de placer.
Y sus dedos desabrochando mi camisa y yo haciendo lo propio con la mini y mis náuticos cayendo al piso junto con su húmeda tanga. Y Rosina se sentó en la conejera y me miro hacia arriba como pidiendo permiso y la mire asintiendo. Me agarró la pija, la lleno de besos y timidamente empezó a pasar la lengua por la cabeza y volvió a besar hasta que empezó a tragarla, despacio, con aleteos de la lengua y el paladar, hasta que desapareció toda dentro de la boca. Y ahí empezó otro juego, con una mano amasó mis huevos de una manera suave pero constante. No iba a acabar, porque lo que sentía no podía terminar nunca, debería ser así por los siglos de los siglos.
Mientras tanto yo amasaba sus pechos y acariciaba el azabache de su cabello.
No se cuanto duró, no lo recuerdo, me acuerdo que finalmente la tomé de los hombros y la levanté, la bese y la recosté sobre la angosta conejera. Ella se abrió completamente y me dejó ver un sexo rosado que hacía contraste con la piel morena. Y la penetré y mi ariete venció las puertas de su defensa y la cabalgué sin parar mientras la acariciaba y ella me clavaba las uñas en la espalda y pasaba los dedos de la nuca a la cola.
En un momento se arqueó y supe que iba a acabar, me agarró la cabeza y me dijo al oído…terminame adentro…
Y así fue que acabamos juntos, nuestras leches se juntaron e inundaron nuestros sexos.
Y seguimos con los besos y con las caricias y la botija m miraba con una mirada tierna de mujer enamorada.


Colonia del Sacramento, un viaje de ida



Y de repente aparecieron Jorge y Gabiela que salieron desnudos del camarote de proa diciendo, ya era hora, queríamos tomar algo fresco, no terminaban nunca.
Finalmente terminamos los cuatro desnudos tomando champagne a las seis de la mañana.
Ninguna de las dos fue a trabajar al día siguiente, ni tampoco el Domingo. El Lunes zarpamos a la mañana y ellas nos despidieron.
Esto pasó allá por los 90.
Hoy Jorge esta casado con Gabriela y vive en Montevideo. Tienen tres hermosos niños y una casa de náutica cerca del Puerto de Buceo.


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